6 Marzo 2007
De ateísmo, relativismo y fundamentalismo
- El ateísmo, un legado por el que vale la pena luchar, Slavoj Zizek
- Relativismo y fundamentalismo, Umberto Eco
28 Febrero 2007
Descartes, Freud; certeza y duda
En su seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Lacan señala hasta qué punto el procedimiento de Freud es cartesiano en su punto de origen, en el sentido de que parte del fundamento del sujeto de la certeza:
la duda es la base de su certeza. No obstante, desde el comienzo de su obra, la “duda” demuestra ser en Freud el instrumento de la certeza de un pensamiento inconsciente. En consecuencia, aunque pudiéramos definirun punto en el que se aproximan, convergen, las maneras de proceder de Descartes y de Freud, desde el comienzo de esa analogía los caminos divergen. Si bien para Freud, al igual que para Descartes, se trata de formular proposicionesde aquello de lo que se puede estar seguro, la duda freudiana está por completo al servicio de un objetivo diametralmente opuesto al de Descartes. A partir de La interpretación de los sueños esa duda no aparece como índice de un conocimiento incierto sino por el contrario como el signo de algo seguro.Mientras que Decartes apela a la experiencia del sueño como la prueba más evidente de la incertidumbre de nuestros conocimientos, Freud lega a la conclusión inversa: cuanto más nos hace dudar el sueño, más confirma la duda algo verdadero. El contenido del sueño, por el hecho de que siempre tiende a sustraerse, pone a prueba sin cesar la memoria del sujeto. En consecuencia, cuanto más duda este último, más se confirma en él la seguridad de que algo intenta sustraerse, y más comprueba el abismo
manifiesto entre lo que ha sido vivido y lo que es referido. Y, subraya Lacan, porque para Freud la duda se presenta como elsigno de la resistencia, se convierte en indicio de la certeza de que algo del sujeto intenta preservarse, a la vez que se esfuerza por hacerse oír, a costa de disfrazarse con el hábito de la duda:Descartes nos dice: Estoy seguro, porque dudo, de que pienso y [...] Por pensar, soy.
De una manera exactamente análoga, Freud, cuando duda —pues al fin y al cabo se trata de sus sueños, y al comienzo, quien duda es él— está seguro por eso de que en ese lugar hay un pensamiento, que es inconsciente, lo cual quiere decir que se revela como ausente. A ese lugar convoca, en cuanto trata con otros, el yo pienso en el cual se va a revelar el sujeto. En suma, está seguro de que el pensamiento ése está allí por sí solo con todo su yo soy, por así decir —por poco que alguien, y ése es el salto, piense en su lugar.
Aquí se revela la disimetría entre Freud y Descartes. No está en el paso inicial de la fundamentación de la certeza del sujeto. Radica en que el sujeto está como en su casa en el campo del inconsciente. Y porque Freud afirma su certeza, se da el progreso mediante el cual nos cambia el mundo [...]
Descartes no lo sabía, salvo que era un sujeto de la certeza y rechazo de todo saber anterior; pero nosotros sabemos, gracias a Freud, que el sujeto del inconsciente se manifiesta, que ello piensa, antes de entrar en la certeza.
Dor, Joël (1994)
Introducción a la lectura de Lacan II: La estructura del sujeto
Barcelona: Gedisa; pp. 78-79
15 Febrero 2007
Ulises: “todo el mundo en un día”
- Ha estado delirando toda la noche sobre una pantera negra —dijo Stephen—. ¿Dónde tiene la pistolera?
- ¡Un loco temible! —dijo Mulligan—. ¿Te entró pánico?
- Sí —dijo Stephen con energía y con creciente miedo— Ahí en la oscuridad, con unos que no conozco, y que delira y gime para sus adentros que le va a pegar un tiro a una pantera negra. Tú has salvado a algunos de ahogarse. Yo no soy ningún héroe, sin embargo. Si ése se queda aquí, yo me voy.
Buck Mulligan miró ceñudamente la espuma de la navaja. Bajó de un brinco de donde estaba encaramado y empezó a registrarse apresuradamente los bolsillos.
- ¡Mierda! —gritó con voz pastosa.
Pasó hasta la plataforma de tiro y, metiendo la mano en el bolsillo de arriba de Stephen, dijo:
- Otórgame un préstamo de tu moquero para limpiar mi navaja.
Stephen consintió que le sacara y exhibiera por una punta de un pañuelo sucio y arrugado. Buck Mulligan limpió con cuidado la navaja de afeitar. Luego, observando el pañuelo, dijo:
- ¡El moquero del bardo! Un nuevo color artístico para nuestros poetas irlandeses: verdemoco. Casi se saborea, ¿no?
Subió otra vez al parapeto y miró alá, toda la bahía de Dublín, con el claro pelo roblepálido ligeramente agitado.
- ¡Dios mío! —dijo a media voz—. ¿No es verdad que el mar es como lo llama Algy: una gran dulce madre? El mar verdemoco. El mar tensaescrotos. Epi oinopa pontos. ¡Ah, Dedalus, los griegos! Tengo que instruirte. Tienes que leerlos en el original. Thalatta! Thalatta! La mar es nuestra gran madre dulce. Ven a mirar
Stephen se irguió y se acercó al parapeto. Asomándose sobre él miró, allá abajo, el agua y el barco correo que salía por la boca del puerto de Kingstown.
James Joyce (2005)
Ulises
Barcelona: DeBols!illo; p.91
13 Febrero 2007
9 Febrero 2007
Los embajadores
Hans Holbein el Joven (1533)
Los embajadores (Jean de Dinteville y Georges de Selve)
Enlaces relacionados
4 Febrero 2007
Creencia
- Tú no eres creyente, ¿verdad? —preguntó Haines—. Quiero decir, creyente en el sentido estricto de la palabra. La creación desde la nada, los milagros y un Dios personal.
- No hay más que un sentido en esa palabra, me parece —dijo Stephen [...]
- Sí, claro —dijo, mientras seguía otra vez—. O se cree o no se cree, ¿no es verdad? Personalmente, yo no podría tragar esa idea de un Dios personal. Tú no lo aceptas, supongo.
- Observas en mí —dijo Stephen con sombrío disgusto— un horrible ejemplo de librepensamiento.
James Joyce (2005)
Ulises
Barcelona: DeBols!illo; p.109
21 Enero 2007
La verborrea del deslenguado

El libro [Ulises, de James Joyce] es un retrato del siglo con escape libre, sobre todo porque no se atiene a la mentalidad y las hipocresías de la época. Es como si el tiempo hablara de sí mismo, diciendo en voz alta lo que piensan, sueñan, traman, esconden los habitantes de este planeta que da tantas vueltas en torno al sol y a su ombligo y, a pesar de la claridad diurna, deja en lo oscuro quién es y cómo es aquello que se llama “la persona”.
La obra detalla sin pausa la gran cháchara, el clímax de la verborrea, la interminable conversación sostenida por los hombres, por las mujeres desde que tuvieron el don de la palabra. Se pusieron más locuaces cuando lograron describir por escrito lo que son, lo que hacen, lo que sienten. Pero hasta ahora o hace poco no han tenido bastante coraje y desenvoltura como para decir en público sus bajas pasiones, sus sueños encubiertos entre sábanas, sus fantasías oníricas, sus delirios eróticos y otras menudencias que se esconden bajo la alfombra del mutismo, muy para callado.
Al fin y al cabo lo que hace diferente y humano al hombre es la palabra, el susurro de la mente. El pretenciosamente llamado “homo sapiens” sabe silenciar gran parte de lo que es. Enmudece respecto a mucho de lo que siente, a cosas que sucesivas culturas y religiones han creído que no deben manifestarse. De repente llega un deslenguado indecente y se pone a gritarlas en la calle. Hasta las escribe para que los espíritus delicados se enteren de secretos que no son para ventearlos en público.
El hombre es un gran hablador. Habla siempre, sobre todo consigo mismo. Es el rey del soliloquio. Ese fue el material que Joyce explotó de preferencia en Ulises. Allí se expuso la conciencia y la subconsciencia, incuso lo indecible. El individuo se desata en la autocomplacencia lingüística irrefrenable. Da rienda suelta a su sinceridad. La suma de toda aquella habladuría, un continente o un planeta de palabras es material útil para conocer la historia íntima de esa humanidad en gran parte desconocida porque estuvo tapada; vivió y sigue viviendo sometida a censura y autocensura.
Volodia Teitelboim (2002)
Ulises llega en locomotora
Santiago: LOM; pp.35-36.
Fotografía: James Joyce Statue In Trieste, modificada por Felipe Lavín Zumaeta con licencia BY-NC-SA de Creative Commons.
15 Enero 2007
Psicoanálisis y neurofarmacología… según Fukuyama
El freudismo [sic] podría compararse a la teoría desarrollada por un grupo de hombres primitivos que encuentran un automóvil e intentan explicar su funcionamiento sin ser capaces de abrir el capó. Observan la fuerte correlación existente entre la acción de pisar el acelerador y el avance del vehículo, y elaboran la teoría de que existe algún mecanismo que conecta ambos hechos y convierte un líquido en movimiento de las ruedas… quizás una enorme ardilla encerrada en una jaula o tal vez alguna especie de enano. Sin embargo, no saben nada de hidrocarburos, de combustión interna o de las válvulas y los pistones que llevan a cabo la verdadera conversión de la energía
Francis Fukuyama, El fin del hombre: consecuencias de la revolución biotecnológica, Ediciones B (Madrid), 2003, pp.78-79
…Sin comentarios
8 Enero 2007
El sueño de la razón

El gran pintor español Francisco Goya marca un momento decisivo, saliendo de la Era de la Razón hacia preocupaciones contemporáneas. Su serie de impresos titulados “Caprichos” y “Locuras” son expresiones de una imaginación “libre”. Son satíricos y a menudo tan horripilantes que fueron suprimidos en su época.
La leyenda, escrita en el pedestal donde el hombre descansa, es ambigua. En
El sueño de la razón produce monstruos, la palabra “sueño” puede significar “dormir” o “sueño” [como imagen onírica]. Así que los temibles monstruos son creados ya sea por la ausencia de razón, o por un deseo “inconciente” de la misma razón. Este impreso fue probablemente planeado para la cubierta de un libro — Goya fue uno de los primeros pintores en buscar una mayor audiencia para su trabajo.
Traducción libre de Images of Madness





